Francis Millet

Francis Millet

viernes, 19 de agosto de 2011

Me voy al Camino


Burgos

Del 21 de agosto al 10 de septiembre estaré en el Camino de Santiago.

***

Un alto en el Camino

Amanece,
y la luz se hace peregrina
en la alborada silueta del camino.
Nada está inmóvil,
vibra el silencio
con el eco dejado por tantas palabras,
voces amigas
que me guían por senderos desbordados de historia,
huellas de los que pasaron,
surcos en el tiempo
de aquellos que me precedieron,
paisajes que sobreviven
en el verde amable asomado al otoño.




Mi primera peregrinación:
O Cebreiro, 20 septiembre 2007

viernes, 12 de agosto de 2011

Lucas van Leyden y el Renacimiento



Museo De Lakenhal
Leiden (Los Países Bajos)


Cuentan las crónicas de este país que Carlos de Habsburgo, el futuro emperador, asistió a una misa solemne en la iglesia de San Pedro en la ciudad holandesa de Leiden. Eran los primeros años del siglo XVI. Con toda seguridad, el joven príncipe fue consciente del lugar donde se encontraba, y atendió, con la solemnidad del momento, a los cantos gregorianos y adornos polifónicos de compositores como Gilles Binchois y Guillaume Dufay. Sin embargo, Carlos no pudo saber entonces que, unos veinte años después de su visita, la obra más conocida del pintor Lucas van Leyden, El juicio final, ocuparía un lugar destacado cerca de la pila bautismal de la iglesia. Se trata de un tríptico, óleo sobre tabla, fechado en 1527, de 300,5 x 434,5 cms. Fue una de las pocas obras religiosas que sobrevivieron el movimiento iconoclasta de 1526 en Los Países Bajos.

Carlos I no pudo verlo, pero yo he tenido más suerte al visitar la exposición que organiza el museo De Lakenhal en Leiden. Por primera vez se muestran juntas las tres famosas tablas (El juicio final, Curación del ciego de Jericó, La adoración del becerro de oro) de Lucas van Leyden, el artista más importante del Renacimiento en Holanda. Lucas había nacido alrededor del año 1494 en la ciudad de Leiden, una de las más grandes en lo que en aquella fecha era Holanda. Ya desde muy joven se le conoció por su talento gráfico y excelente técnica en grabados con temas bíblicos y profanos. Rembrandt, gran admirador del artista, poseía todos sus grabados, y muchos de los aguafuertes de este pintor están inspirados en el trabajo de Van Leyden. Además de sus pinturas y dibujos experimentó con diversas técnicas como la pintura en vidrio; su relación con Alberto Durero, veinte años mayor que él, tuvo gran influencia en su obra. De la misma forma se dejó inspirar por los diseños del italiano Rafael para el estudio de la anatomía de los cuerpos. Con todo esto desarrolló un estilo propio que se conoce por el carácter que dota a los personajes retratados, por los paisajes, la luz y la minuciosidad en las composiciones.

La exposición, con más de 200 piezas traídas también de museos como el Louvre, el Museo Británico y el museo Metropolitano de Nueva York, muestra el trabajo de Van Leyden rodeado de obras de algunos de sus contemporáneos, entre ellos el alemán Durero, Joaquín Patinir de Amberes y el italiano Marcantonio Raimondi. Trípticos de pintores de Leiden, como Aertgen van Leyden y Cornelis Engebrechtsz, forman parte también de lo expuesto.

El Juicio Final, de Lucas van Leyden, al igual que El jardín de las Delicias del pintor Hieronymus Bosch, El Bosco, es una de las obras pictóricas que más impresión ha dejado en mí. En primer lugar por sus dimensiones. La tabla central del tríptico tiene unas medidas de 270 cms. de alto y 185 cms. de ancho, los dos paneles laterales son de 265 cms. de alto y 75 cms. de ancho respectivamente. El tema representado está tomado del Apocalipsis de San Juan. En el centro, Jesús rodeado de sus apóstoles; en la parte inferior de la composición vemos el bien separado del mal. En la tabla de la izquierda, las almas salvadas son llevadas al cielo; a la derecha, los castigados están siendo arrastrados al infierno del que nadie puede escapar. En la parte exterior de las dos tablas laterales nos encontramos a los apóstoles Pedro y Pablo, patrones de la iglesia de Leiden.

Otro motivo de admiración es la luz que desprende la pintura desde los rosas, azules y oro; todo un baño de color para la vista. En cierta manera me ha hecho pensar en la iluminación que encontré también en El jardín de las delicias; aquí el cielo es como una visión y el espacio seduce y atrae. Lucas van Leyden fue también uno de los primeros artistas holandeses que trataron de una manera tan libre el desnudo, cosa casi impensable anteriormente. En el estudio de los cuerpos, en el trazo elegante y en los detalles de sus cuadros se conoce a un pintor que se sentía sin frenos para pintar, seguidor de cambios y nuevas tendencias, un hombre del Renacimiento.

Su verdadero nombre era Lucas Hugensz. Sus primeros pasos en la pintura los dió de la mano de su padre, Huygh Jacobsz, también pintor. Fue un alumno precoz; se sabe que a los doce años vendió el primer cuadro, a los dieciséis ya trabajaba en el taller del artista holandés Cornelis Engebrechtsz y una de sus obras más antiguas que se conocen la realizó cuando solo contaba unos diecisiete años de edad. Sus grabados y dibujos fueron muy admirados ya en su tiempo por su originalidad y estilo. Hoy cuelgan muchos de ellos en los muros azul pálido y gris del museo Lakenhal en Leiden.

Lucas van Leyden murió a la edad de 39 años, después de una larga enfermedad que lo mantuvo en cama, pero él conservó su pasión por el arte y continuó pintando hasta dos días antes de su muerte. Leiden, cuna de otros grandes pintores como Jan Steen, Gabriel Metsu y Rembrandt, bien merece una visita. Universidad, museos, canales y jardines tienen el suficiente atractivo para que el visitante no olvide esta ciudad holandesa. Entre sus monumentos se cuenta la iglesia de San Pedro, donde su obra El juicio final estuvo durante algún tiempo. Durante siglos han sido enterrados en ese lugar prominentes personajes. También Lucas van Leyden descansa allí, a la espera quizás de ese día del juicio final que él nos dejó ver en su tríptico.


publicado en http://alenarterevista.net/

lunes, 8 de agosto de 2011

Regreso a casa (final de las vacaciones)

Frigiliana (Málaga)


Sí, volveré con la caricia del aire
en la movilidad contenida de mis extendidas alas,
abrazando la luz en un intento de descubrir el verde
de la tierra. Su nombre colmará la noche de promesas.



viernes, 10 de junio de 2011

Esperando el verano






Claude Monet

Aún espera mi jardín la caricia encendida, la luz migratoria y cómplice del verano.
Aún espera que cambie el gesto descortés y distante, que repare la faz de un poniente sin sombras y sin nombres.
En mi jardín, lunas que evaden su obligación y nidos que no funcionan,
un parasol depresivo, una rama quebrada, nada;
tanta carencia cercena azules y contradice el aire con presagios de otoños.
Estas tardes ociosas en mi jardín se respira un acento umbrío y cierta humedad
que dota las pupilas de tibias resonancias.
Un vencejo sin conocer el ritual, rosas, claveles y dalias, y un gato, siempre un gato en mi jardín, que implacable no deja de explorar fronteras ineludibles.
Mientras,
en mi jardín,
espera que se haga verdad el relevo perpetuo de los tiempos.


(Yo no lo espero, yo voy a su encuentro en Málaga. Allí estaré hasta finales de julio. !Felices vacaciones!)




martes, 7 de junio de 2011

¿Dónde está la verdad?



Acosada por las dudas
me arrancas de mi entorno,
intentas rescatar de la memoria
la verdad de la pasión que desconoces.

Sólo mis pétalos saben
del sabor de la derrota.

¿Qué buscas más en mí que pueda darte,
si aún siento el dolor en mís raíces?".

martes, 24 de mayo de 2011

Del Neoclasicismo al Biedermeier



(Museo De Fundatie, Zwolle (Los Países Bajos)

Paseando por las calles de Zwolle en este mes gris de febrero, puedo apreciar que la ciudad es un punto de luz en la provincia holandesa de Overijssel. Sus calles, iglesias y edificios, fachadas y restos de la antigua muralla, dan fe de un rico pasado, y tiendas, cafés, restaurantes, hoteles y museos hacen que una visita a este lugar sea verdaderamente interesante. Su historia empieza a conocerse a partir de 1324, cuando un gran fuego destruyó casi por completo la ciudad. Todo lo anterior escrito sobre ella quedó destruido. Por los descubrimientos arqueológicos se sabe de sus orígenes, un asentamiento alrededor del siglo nueve. Después la historia escribe en sus capítulos la Edad Media, la Guerra de los ochenta años, la república, la invasión francesa y así hasta estos días.

Hoy lo que me ha traído hasta aquí es la visita a uno de sus museos, De Fundatie, un edificio de estilo neoclásico que sirvió en su tiempo como Palacio de la Justicia. Hasta el 8 de mayo se expone en varias de las salas una de las colecciones privadas más importantes del mundo. Durante los últimos cuatro siglos la familia real de Liechtenstein ha reunido una extensa y bellísima colección en la que el Neoclasicismo y el Biedermeier ocupan el lugar prominente. Después de pasar por Moscú y Praga llega a Holanda por primera vez. Una única oportunidad a los que se acerquen hasta aquí para conocer todas las obras de que consta.

De sublime, romántico y refinado calificaría lo expuesto. Sé que no todo el público siente la misma admiración por este género artístico. Para algunos, Biedermeier está asociado con lo amanerado, lo pasado de moda e incluso cursi. Sin embargo, para mí tiene algo vulnerable pero armónico, cálido, hasta poético podríamos decir. Las obras han sido colocadas con el mayor cuidado en las salas del museo. Son unos 150 cuadros, esculturas, muebles y cerámica, jarrones y vajillas que vieron la luz en un tiempo de importancia política, las guerras napoleónicas, la batalla de Waterloo y las revoluciones del siglo XIX, con un período de relativa calma donde se consolidó el paso del Neoclasicismo al Biedermeier.

Escenas domésticas, familiares, de caza, de exultantes jardines de recreo, de señoriales residencias, todas tienen su sitio en las pinturas que cuelgan en la exposición. El Neoclasicismo en el esbozo de una pequeña escultura de barro de la madre de Napoleón, Madame Mère -del escultor italiano Antonio Canova- y que podemos admirar en una de las salas, da paso a lo cálido e íntimo del Biedermeier. Pintores como Friedrich Gauermann, Ferdinand Georg Waldmüller, Thomas Ender, Heinrich Friedrich Füger, entre otros, nos trasladan a un ambiente romántico en el espacio idealizado de sus telas.

Hay tres obras en la colección que han pasado a ocupar un lugar destacado en mis preferencias. El primero es el óleo de la esposa del regente Alois I, Karolina, pintado por Elisabeth Vigée-Lebrun. La princesa está representada en el aire como la diosa Iris con un chal amarillo flotando a sus espaldas y los pies descalzos. Este detalle fue motivo de escándalo entre muchos miembros de su corte; para dar la idea de que había sido una pérdida involuntaria se colocaron unos zapatos de baile debajo del cuadro. Los otros dos corresponden al pintor austriaco Friedrich von Amerling. Un retrato del pequeño príncipe Johann II de Liechtenstein, a caballo; el lujo desmesurado del marco no le quita alegría al niño, que expresa en su actitud todo el placer que tiene montando. Por último un precioso óleo de la princesa Marie Franciska, de dos años de edad y hermana de Johann, dormida y con sonrosadas mejillas, y abrazada a su muñeco. Hay ternura en este cuadro, uno de los más pequeños de la colección y también uno de los más bonitos. Friedrich von Amerling tenía una maravillosa técnica y un buen ojo para los detalles. Con esta obra da muestra de su maestría artística.

El estilo Biedermeier se extiende a todas las corrientes artísticas, también muebles, orfebrería, arquitectura y literatura. Tuvo sus origenes en Alemania y Austria y floreció en el periodo entre 1815 y 1840. Este género se convirtió en el favorito de una sociedad selecta, destacando por realzar los valores familiares en escenas burguesas, y tenía como temas preferentes retratos entrañables de niños, paisajes y naturaleza muerta. Resalta lo bello y el atractivo de sus formas naturales. Característico de este estilo es el naturalismo; todo se parece a la realidad, en la decoración de interiores, muebles con formas ligeramente curvadas, brillantes y lisos, flores en ramos pequeños y compactos, cortinas floreadas. Los vestidos femeninos con ajustados talles, faldas amplias y largas que dejaban el pie libre, medias blancas. Para los caballeros el pantalón largo, frac, chaleco, corbata y sombrero de copa alta.

La colección que presenta el museo, fue comenzada por Franz Josef I (1726-1781) y creció de forma notable durante la regencia de su hijo, que fue ampliándola con piezas de arte contemporáneo, hasta convertirla en una de las mejores de Europa. El conocimiento del arte y el buen gusto en la elección de las obras lo ha hecho posible.

No quiero dejar el museo sin pasar a ver una pintura que desde hace poco tiempo se sabe con seguridad que es una obra de Vincent van Gogh. Fue comprada en 1975 por el fundador del museo y llevaba quince años sin ver la luz. Esta tela, de 55x36 centímetros, Le Blute-fin, está realizada en el otoño de 1886 en París y representa un molino en la parte más alta de Montmartre. Van Gogh ya se había distanciado del oscuro en sus obras, que anteriormente había pintado en Holanda. Esta tela tiene un cierto aire impresionista con trazos sencillos y rápidos y están representadas muchas más figuras -en un ambiente relajado de un bonito día de otoño- de las que Vincent solía pintar en sus cuadros.


La colección estuvo expuesta hasta el 8 de mayo próximo en el museo De Fundatie, en Zwolle (Los Países Bajos), el molino de Van Gogh estará hasta el 4 de julio.

Publicado en Alenarte

jueves, 12 de mayo de 2011

Pasiones



(De nuevo en casa empiezo a contar los días para volver. La nostalgia me acompañará hata la próxima visita.  Abril ha sido caprichoso haciendo gala a su caracter y las lluvias deslucieron la semana de Pasión)


Cuesta retomar el lenguaje de esta tierra mía y duele la memoria del constante desafio del tiempo con las imágenes de antes, pero me gusta volver en esta época del año con el azahar en el aire, los claveles reventados, el romero y la cera por las calles. Encuentro el espacio y los paisajes cambiados y ya no puedo alcanzarlos con la rapidez acostumbrada. Sin embargo, también en esta ocasión he acudido a la cita de siempre atraída por esa identidad religiosa que la ciudad manifiesta sin caer en la rutina, por el esfuerzo de su gente apresurada y por la devoción exaltada entre un cierto desorden que he vivido en las noches de esta Semana Santa. Una semana en la que nos desdoblamos en dos: expectadores y actores de una historia escrita y que se sigue escribiendo. Siete días de aplausos y lágrimas, de palios y bambalinas, símbolos y rituales que hacen sentir La Pasión de una manera propia y especial pero no menos intensa, exaltada, exigente. Lo descubres en los cofrades, en los que llevan los tronos, en los ojos de los nazarenos, en la espera repetida de las imágenes. Desfilan con pasos concertados con la tradicción de una cadencia rítmica, y siempre el redoble del tambor, la campanilla, la candelaria encendida, y el valor de los que suben todo el peso en sus hombros, en un alarde de fidelidad compartida hasta llegar con ellas en sus casas de hermandad, donde sólo les queda esperar hasta la próxima Semana Santa para salir. Una semana, siete noches para La Pasión del sur.

Y yo volveré y me veré obligada a vivir otra clase de pasión que ha ido conjugando desde siempre mi identidad con la misma exaltación que tuvieron los desfiles. Una pasión que fija límites en el órden establecido de las cosas, que desafía voluntades, que levanta la voz para imponer sus condiciones sin querer asumir el tiempo que le queda, y que también nos obliga a marchar con pasos y por sitios concertados. Pero volveré a esta tierra y mi memoria se hará audaz enfrentándose a las imágenes de entonces. Volveré y seguiré hablando, con un lenguaje sin hostilidad, de mis propias emociones. No habrá fidelidad, pero quizas así pueda enfrentarme y vencer los tiempos imperativos que restan.