Francis Millet

Francis Millet

miércoles, 17 de abril de 2013

Los inocentes



Alrededor de diez millones de niños han perdido la vida en estos últimos diez años en guerras y otros conflictos armados. Sólo en Siria son ya unos 4.500 menores de 16 años que han fallecido a consecuencia de las luchas que asolan su país. Todo esto sin contar los miles de heridos o que han quedado inválidos y los que, por la falta de alimentos y atención médica en los campos de refugiados, no sobreviven.

La muerte y el maltrato infantil están presente siempre en todos los tiempos. Ya en la antigüedad los niños fueron víctima de rituales y de sacrificios religiosos. En la mitología griega, Saturno devora a su hijo, y Medea mata a los dos suyos para vengarse de Jasón. En la Biblia también se mencionan diversos sacrificios en cumplimiento de órdenes divinas. Abraham obedece el mandato de Dios, que le exige la vida de su hijo Isaac, y Jefté, que ofrece el sacrificio de la primera persona que le recibe a las puertas de su casa si sale victorioso de su batalla contra los amonitas, y que resultó ser su hija. En ambos casos el sacrificio no exigió derramamiento de sangre, pero, qué pensar de lo que nos cuenta Plutarco sobre la antigua Grecia, donde arrojaban a los niños a un barranco para comprobar su fortaleza, o del faraón que ordenó la matanza de los varones hebreos recien nacidos, por temor a que su pueblo se extendiera demasiado.

Muchos son los artistas de la pintura que escogen este tema para llevarlo a sus telas. Uno de los cuadros que más te acerca esta violencia es La matanza de los inocentes, de Cornelis van Haarlem, llamado también el Miguel Ángel de Los Países Bajos. Un pintor que hizo furor en el siglo XVI por el dramatismo que plasmaba en sus pinturas históricas. Había nacido en 1573, en una Haarlem que estaba en manos españolas después de un sangriento y agotador asedio. Cornelis pintó este cuadro en 1591 por encargo del ayuntamiento de la ciudad. Estaba destinado a ser el panel central de un tríptico. Los dos paneles exteriores habían sido ya realizados en 1564 por Maerten van Heemkerck. Observar de cerca esta obra es toda una experiencia que exige tiempo.

En la historia del arte, el infanticidio de Belén por orden del rey Herodes, con madres desesperadas y niños que han perdido brazos, piernas e incluso cabezas, y otras crueldades, ha sido pintado con frecuencia. En la obra de Cornelis van Haarlem el pintor va más allá de la simple narración. Lo que el artista nos quiere hacer ver es el buen dominio de las figuras, su maestría, al reflejar el cuerpo humano en sus cuadros. Nada mejor para mostrarnos esto es presentar las imágenes desnudas, en poses expresivas y con especial atención a lo anatómico. Los cuerpos, girados y retorcidos, sus diversas formas y movimientos, están dotados de un extremo dramatísmo y vehemencia. El fondo, paisaje y arquitectura, tiene mucho de amenazador.

La matanza de los inocentes, es un óleo sobre tela de 268 x 257 cms. Lo que vemos en él son fuertes y musculosos soldados afanados en cumplir la órden del rey de matar a todos los niños menores de dos años. Al mismo tiempo tienen que librarse del ataque de las madres que, golpeadas y pisoteadas, luchan con todas sus fuerzas tratando de arrancarlos de las manos de los verdugos. La escena es de una extraordinaria crueldad. En realidad, este cuadro que es del primer periodo de su obra, tiene todas las características del manierismo, por lo exagerado de los cuerpos, lo dramático de las expresiones y lo turbulento de la composición.

Sin embargo, el pintor parece haber obrado de una manera bastante civilizada y, a pesar de toda la agresividad que se observa en la obra, no encontramos restos de sangre ni miembros descuartizados. También podemos hablar de un cierto orden ya que aunque soldados, madres y niños están entremezclados, no es una masa sin formas, sino que cada figura ocupa su lugar y tiene su identidad. Posiblemente el panel central original de este tríptico, que con seguridad fue destruido durante el movimiento iconoclasta, tenía una composición totalmente diferente. Colgaba en el Prinsenhof de Haarlem, lugar de residencia del gobernador cuando visitaba la ciudad. Para completar estos dos paneles que quedaron se le dió el encargo a Cornelis van Haarlem. Hay quien se pregunta cómo se pensó en escoger una escena tan violenta para un lugar oficial. Según Henk van Os, antiguo director del Rijksmuseum en Amsterdam, fue una advertencia del pueblo de Haarlem al gobernador, que aún tenía fresco en la memoria el asedio español: Gobernador, ten cuidado; no seas nunca un tirano como Herodes.

La obra de Cornelis van Haarlem no se limita a telas de grandes formatos y temas bíblicos. En el museo Frans Hals podemos ver un óleo, El monje y la monja, conocido también con el nombre de El milagro de Haarlem. La leyenda cuenta la historia de una religiosa que fue acusada de estar embarazada. Para demostrar su inocencia se encargó a un monje franciscano pellizcar en el pecho de la religiosa con la intención de que saliera leche en el caso de ser culpable. La suerte estuvo al lado de la monja y de su pecho brotó vino, simbolizado por la copa de cristal en el cuadro. En cualquier caso no hay nada que avale este supuesto milagro. Curioso es que en el siglo XVI hay muchas pinturas con este mismo tema, religiosos y religiosas en situaciones picantes y comprometidas. Con toda seguridad era una sátira a las buenas costumbres y a la falta de castidad.

 

 

 
publicado en: http://alenarterevista.net/

 
 

 

3 comentarios:

Pilar Lou dijo...

Estupendo blog. Además de escribir y leer, me gusta mucho el arte. Un saludo.

Baruk dijo...

Muy interesante. Me ha encantado esta entrada.

Jolín con el monje, no?

Bsos

ANTONIO CAMPILLO dijo...

Como siempre, Pilar, tus artículos sobre arte están impregnados de un conocimiento tan profundo de obra y autor que sorprende. Esta pintura, parte central de un típtico, como dices, siempre me ha sorprendido, además de por tu gran aportación cultural, por la disposición de los personajes y su casi absoluta desnudez general. Solo aparecen dos túnicas que, levemente, esconden lo evidente y sin demasiado cuidado. Posiblemente pueda representar, en las madres, su desesperación, en los niños, la comprobación del sexo y, en los soldados de las madres y los soldados… ¿y los soldados, por qué esa desnudez? En la milagrería católica existen tantos casos recogidos del paganismo y de circunstancias “pecaminosas” que los “juicios de Dios” eran los encargados de solucionarlas casi siempre.

Un fuerte abrazo, querida Pilar.