Francis Millet

Francis Millet

viernes, 22 de mayo de 2015

El arte fuente de sorpresas






 

 

En el arte, como en el amor, tiene que existir atracción para que surjan los sentimientos. El artista con sus obras quiere conseguir un lenguaje con el que atraer al público y transmitir emociones. Todo trabajo es un diálogo que se inspira en la relación del hombre con el mundo y los objetos que le rodean. Pero el arte no se deja imponer reglas ni condiciones, es independiente, atrevido, y en muchas ocasiones acostumbra a sorprendernos con elementos inesperados que hacen más complicada la interpretación. En el arte todo tiene un motivo, todo tiene un significado, aunque sea difícil y complicado de entender.

 

Uno de estos artistas es el valenciano Nacho Carbonell, que investiga esa relación que el hombre tiene con los objetos y cosas. La inspiración es el hilo conductor en su obra. Este jóven diseñador expone estos días en el museo de Groningen, Holanda. Llama la atención  los materiales que emplea y el carácter experimental que presentan sus composiciones entre la ficción y la fantasía. No puedo decir que sean objetos bellos lo que veo, pero sí sorprendentes e incluso desconcertantes. Carbonell dice que le gusta ver los objetos como organismos vivos, que se comuniquen con el público y se salgan de lo cotidiano y de lo corriente. Esto último es la verdad de su obra, piezas que son únicas, con una propia identidad. Poseen también un lenguaje, pero su sistema de comunicación tiene unas reglas que no consigo descifrar de momento. Esto no es algo primordial y me dejo llevar por el asombro y la sorpresa. Sus atrevidas formas se adaptan perfectamente a las amplias salas del museo, a las que dan razón de estar. Algunos de estos objetos son verdaderamente, como dice el artista, organismos vivos en plena experimentación. Tienen movimiento, se crecen y se modifican dando vida a nuevas formas.

 
En la obra de este valenciano destaca también el reciclaje. Papel, plástico, tierra, hojas, son algunos de los materiales con lo que crea su colección. No hay límites en ellos, ni tampoco en sus diseños. La imaginación del artista es fértil y atrevida. Una de las obras expuestas, dos sillas unidas a lo que representa el árbol del que recibieron la vida, te enfrenta a su mundo y a sus ideas, su manera de ver el arte. No hay que buscar el sentido práctico del objeto, sino el mensaje y su significado. Para conseguir este estilo de crear Carbonell trabaja inspirado por el mundo de la naturaleza y los materiales. Pero no queda sólo ahí, pues los muebles son objetos vivos que crecen, se alargan y se extienden, y siguen dando vida a otros más. Lo observamos también en otra de sus creaciones, un gran saco, una especie de puf, al que van unidas con unos tubos de goma, unas figuras de animales inflables en reposo. Por el peso de quien se sienta en él y hacer presión, se impulsa aire a través de los tubos y las figuras se enderezan como si se despertaran. Es algo que te sorprende y al mismo tiempo te hace enmudecer. Otras piezas tienen la imagen de troncos huecos de árboles, que yo interpreto como nidos, un refugio, rincones interiores con un punto de luz. Este sorprendente artista experimenta siempre más allá de los límites fijados, en busca de esa libertad de expresión que para él es lo más importante. La exposición da a conocer como alguien que comparte su mundo personal, sus sueños, entregado al trabajo y fiel a sus ideas. Pero así es el arte, excelente, peculiar, curioso, extraño, sin reglas y hasta chocante, te puede gustar o sentirlo lejos, pero siempre llevará un mensaje, inspirará curiosidad y transmitirá emociones, aunque no siempre podamos entender su lenguaje.
 

lunes, 16 de marzo de 2015

No todos los veranos son iguales




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Nada hacía presagiar al comienzo del verano que éste iba a dejarnos una serie de imágenes que quedarán imborrables en nuestra memoria. Ya con la pérdida del mundial en Brasil nos despertamos de un sueño que arrastrábamos durante cuatro años, y aunque el Tour de Francia nos dio un pequeño respiro, nos tuvimos que conformar con el cuarto puesto para Alejandro Valverde. Esto fue el comienzo de una larga lista, a la que se le añadió la tragedia del avión MH-117 de Malaysia Airlines, los muertos y desplazados en Ucrania,  la violencia en la franja de Gaza, los bombardeos en Iraq, las víctimas que dejan sus vidas en el mar persiguiendo sus sueños, sin olvidar a la epidemia que amenaza desde Africa occidental y que ya tantas vidas se ha llevado. Ha sido un verano que nos atrapó en una espiral de luces y sombras.

 

Con la llegada de septiembre nos asomamos a la magia del otoño, y con el cambio de las horas crece el anhelo de nuevas imágenes positivas que rompan con las polémicas agresivas de la actualidad. Decía el poeta francés Stéphane Mallarmé, que todo en el mundo existe para desembocar en un libro. Deberíamos buscar en ellos, en los  libros y en el arte en general, un lenguaje diferente, solidario y constructivo, preludio de diálogos de inteligente interpretación. No solo la literatura, también la música y la pintura transmiten emociones y generan diálogos entre las distintas culturas. Leer un libro, asistir a un concierto o visitar un museo se convierte de esta manera en una aventura en la que cada letra, cada melodía, cada objeto de arte hablará su propio idioma y tendrá también su historia. Esto nos hará formar parte de una relación que deseamos sea diversa y respetuosa, tolerante con cada una de nuestras vivencias, que acepte nuestras emociones ante lo que cada uno de nosotros consideramos nuestro ideal. Todo esto lo puede hacer el arte que, como medio de comunicación entre los hombres, rectificará esas imágenes de hostilidad y lágrimas que nos acompañaron este verano.

 

Desde esta perspectiva me sentía animada cuando visité en La Haya el museo Mauritshuis, considerado uno de los más bonitos del mundo. Este edificio, construido entre los años 1633 y 1644, fue la residencia de Johan Maurits van Nassau, gobernador general de los territorios holandeses en Brasil. Desde 1822 acoge una colección de pinturas de unos 800 cuadros de los más famosos pintores del Siglo de Oro holandés. El museo tiene un carácter íntimo y conservador que no ha perdido su identidad durante los dos años que estuvo cerrado por reformas. El cambio no ha sido tan radical como puede pensarse. El edificio sigue manteniendo un estilo aristocrático y elegante, merecedor de ser llamado palacio de azúcar, nombre que le dieron en el siglo XVII al ser considerado demasiado caro y grande para ser una vivienda familiar. Lo más llamativo de las obras es su entrada que nos recuerda, en una forma más discreta, a la del museo Louvre en París, y un llamativo ascensor completamente de cristal, instalado en el vestíbulo e integrado en la decoración del museo. Las obras de ampliación se han realizado de forma subterránea, uniendo el museo con el edificio situado al otro lado de la calle. De esta forma gana el doble de su superficie original.

 

Mientras duraban los trabajos, la colección del museo ha estado alojada en otras direcciones, y algunas de las pinturas han hecho largos viajes. Una de ellas, La jóven de la perla, de Vermeer, ha sido una gran viajera que ha llegado hasta Estados Unidos y Japón. Este afán aventurero le han dado popularidad. No siempre ha sido así. Hasta el siglo XIX, Vermeer, no tuvo la admiración que alcanzó después. Este cuadro, más pequeño de lo que yo suponía, no tenía muchos admiradores cuando lo visité por primera vez. Me atrajo el misterio que rodea su figura, el no saber su identidad, la mirada que tampoco descubre nada, y sobre todo, la maravillosa técnica del pintor. Entonces pude acercarme hasta el mismo cuadro tanto como me pareció. La fama de hoy la hace más distante. Está rodeada de una balustrada de madera que mantiene al que la visita a distancia. Pero no fue ella, ni las nuevas medidas de protección impuestas a un público impaciente por verla, lo que hizo que no me detuviera, sino esa aglomeración de tantos interesados, armados de toda clase de aparatos fotográficos, como una masa de admiradores a la caza de un autógrafo de su artista preferida. Lo dejé por imposible hasta otra nueva ocasión.

 

Hay en el museo otro tesoro al que le han dado un lugar preferente. En uno de los muros tapizados de seda cuelga un cuadrito de un pequeño jilguero, sujeto con una fina cadena a un pedestal o comedero. La contemplación de este inocente pajarillo te emociona y puedes entender la tristeza que ves en sus ojos por su cautiverio. Es el jilguero de Carel Fabritius, pintor holandés nacido en 1622. Murió muy jóven, en 1654, en una explosión de pólvora en Delft. En ese accidente se perdieron muchas de sus obras. El jilguero atado, como también se conoce a este cuadro, está pintado con ternura. Tampoco era un cuadro muy visitado, que colgaba con discreta humildad entre las muestras de los grandes pintores del Siglo de Oro holandés. Todo cambió con la publicación del libro de Donna Tartt, escritora americana, a la que el cuadro le sirvió de inspiración. Sin embargo, esta tarde durante mi visita, parecía como olvidado de todos, entusiasmados por el regreso de la chica de Vermeer. Una oportunidad que aproveché para volver a ver este precioso óleo, sin que en este caso encontrara impedimentos para acercarme a él.

 

Muchos se preguntarán qué tiene este pajarillo para atraer de esta manera la atención. Este es uno de los últimos trabajos del pintor antes de perder la vida. Desde que se traslada a Delft su estilo cambia progresivamente dejando atrás los oscuros pinceles de Rembrandt y acercándose a la luz de Vermeer. Esta pequeña obra, óleo sobre madera,  destaca por su fondo luminoso, los colores y la viveza de los trazos que parecen dar vida al pajarito. El cuadro es una muestra excelente de un ilusionismo expresivo que nos hace creer que el jilguero está realmente delante del cuadro. Es lo que se conoce como trampantojo.

 
Después sigo mi camino por el museo entre el clasicismo y su condición aristocrática de palacio del siglo XVI, y el mágico preludio de la reposada serenidad de la colección expuesta en la nueva luz de las arañas de cristal de Murano. Cuadros de Rembrandt, Ruisdael, Hals, Vermeer, Van Dyck, Holbein, Rubens, Potter, se presentan con honestidad, cercanos en su  escala de valores y respetando nombres y géneros. Cuando el día acaba y el rumor del público desaparece, me imagino como lo estático y eterno del museo despierta a la vida. Allí, enfrentada a lo eterno e inmutable del arte encuentro la paz y la comprensión que carecemos.

Agosto, 2014

domingo, 3 de agosto de 2014

Hasta el reino del arte nos llevan muchos caminos





Todos los años se celebra en Alkmaar la victoria ganada a los españoles. El asedio a esta ciudad holandesa en 1573, como castigo a sus preferencias por Guillermo de Orange, duró siete semanas y fue el comienzo del declive del temido duque de Alba. Don Fadrique, hijo del duque, recibió el encargo de terminar con los rebeldes. Rodeados por soldados de los Tercios de Flandes, a los habitantes de Alkmaar no les quedaba otra salida que morir de hambre o de alguna bala de cañón. Pero los españoles no habían contado con el coraje de los holandeses, hombres, mujeres y niños, que se defendieron con cualquier medio que tenían a su alcance, piedras, palos, agua hirviendo y antorchas. Finalmente, y como esto parecía que no daba los resultados apetecidos, rompieron los diques que rodeaban la ciudad. El agua corrió sin límites que la sujetaran, dejando un mar de barro y lodo donde quedó atrapado todo el ejército español. La única salida para Don Fadrique fue la retirada, cosa por la que Felipe II no le quedó agradecido. Existe un cuadro de autor desconocido con una vista del asedio a la ciudad.
Al fondo, Alkmaar, la ciudad sitiada. En primera linea el campamento de los españoles. En una de las tiendas del ejército, unas mesas dispuestas lujosamente para un almuerzo, con manteles, vajillas y cubiertos. Con toda seguridad los altos cargos no pasaban hambre. Aquí la historia se hizo camino para llevarme al arte.

 

Hoy en Alkmaar apenas veo huellas de aquella batalla, excepto una bala de cañón de unos 20 kilos de peso, disparada por los Tercios, y que quedó incrustada en la fachada de una casa, muros con señales de ataques, alguna que otra torre, arcos y puertas de entrada a la ciudad, que en su tiempo fueron reconstruidos. Sin embargo, yo no vengo buscando esa cara de la historia. La ciudad tiene otros atractivos que la hacen interesante, como son los viejos canales, edificios e iglesias, patios y jardines interiores, cafeterías, restaurantes y tiendas, sin olvidar que Alkmaar es conocida por su mercado de quesos con más de cuatro siglos de tradición. Además, yo tengo también una cita en el museo municipal de la ciudad con Jacob Cornelisz van Oostsanen



Mi interés en este artista comienza hace algunos años, en una de mis visitas al Museo del Prado, en Madrid. En una de sus salas me encontré ante uno de sus cuadros, un retrato que se supone muestra a la reina Isabel de Dinamarca, del pintor Jacob Cornelisz van Oostsanen. Siento predilección por este género pictórico y no es extraño que le dedicara mi atención. La pintura data aproximadamente del año 1524, pero la fecha e incluso el nombre de la retratada han sido motivo de divergencia. Lo interesante de este género es que, en cierto modo, es una fuente de información tanto en el aspecto familiar y cultural como en el histórico. Del retrato de la joven reina me atrajo el aspecto de despego y desinterés que me pareció apreciar en su mirada. Nada más natural que buscar otros caminos que me llevaran a saber más de ella. Isabel había nacido en Bruselas y era la tercera hija de Felipe el Hermoso y Juana la Loca. Desde antes de cumplir sus dos años ya se vio separada de sus padres que se marcharon a España. La infanta española creció en los Países Bajos y nunca fue feliz. Nació para ser un instrumento en la política matrimonial de la época. La casaron antes de los 14 años con el rey de Dinamarca, tuvo tres hijos de una marido infiel, sufrió abandono y destierro, y finalmente antes de los 24 años murió. En este caso la pintura fue el camino que me llevó a conocer este capítulo de la historia.

 



Hasta el 29 de junio de este año el Stedelijk Museum de Alkmaar expone decenas de las mejores obras de este pintor, Jacob Cornelisz van Oostsanen, pertenecientes a colecciones de diversos museos en el mundo y que por una vez han regresado a su país de origen. Cuadros, dibujos, algunas vidrieras, tallas en madera, dan a conocer el trabajo del pintor y de algunos de sus familiares que también ejercieron la pintura. De sus primeros años hay poco conocido. Se supone que nació en 1475 en Oostzaan, al norte de Amsterdam.  En esta ciudad estableció su taller de pintura, en el que junto a sus hijos y alumnos convirtió pronto en un lugar productivo de trabajo que recibía numerosos encargos tanto del interior como de fuera del país.

 

La exposición contiene 60 cuadros, 20 grabados, 60 tallas en madera y dibujos de Jacob Cornelisz, familiares y contemporáneos pintores. El museo ha cuidado de una manera excepcional la presentación de las obras, la luz en las salas, el color de los muros y los textos explicativos que acompañan cada pieza. Yo recomiendo tres de sus obras a todo el que quiera conocer más a fondo la herencia de este pintor. Las tres destacan por el cuidadoso, preciso y precioso trabajo del detalle. El primer cuadro, El nacimiento de Cristo, la adoración de los reyes y la familia Boelen, 1512. Pertenece al  Museo di Copodimonte, en Nápoles. En esta pintura se puede observar como va llegando un cierto cambio en la escuela flamenca, que terminaría entregándose al clasicismo italiano. Esta influencia la dictan los detalles ornamentales, los angelitos y un cambio en el empleo del color. En cuanto al motivo para escoger un tema tan simbólico como es el nacimiento de Cristo, quizás haya que buscarlo en los conflictos religiosos de la época en Los Países Bajos. Podemos pensar que lo que vemos es una defensa de la religión católica que en esos momentos sufría enormes críticas en el país.  De nuevo la historia me conduce al arte.

 

Otro de los cuadros es Noli ma tangere, 1507. De una forma extremadamente sutil y delicada el pintor ha dotado de los más refinados detalles al cuadro. El manto de brocado, las lágrimas de María Magdalena, lo expresivo de las figuras y todo lo que completa el fondo del óleo, hizo que me sintiera ante una verdadera joya de la pintura. No he encontrado ninguna foto de esta obra que me haga sentir lo que experimenté en su contemplación en el museo. Sin embargo, después de un reconocimiento técnico con rayos infrarrojos realizado en cierta ocasión, ha crecido la duda si Van Oostsanen es verdaderamente el autor. Es curioso, pero yo no me siento defraudada. Lo que verdaderamente cuenta aquí es la obra, no la historia, no hay duda de que es el arte lo que despierta la pasión.

 

Por último, Salomé con la cabeza de Juan Bautista, 1524. Lo primero que me llama la atención cuando la observo en el museo es el color de la piel de Salomé. Marmórea, sin una imperfección, afilados rasgos y una sonrisa algo misteriosa. Atrae la profesionalidad del pintor, su dominio del dibujo y los pinceles, y al mismo tiempo sientes una repulsa al contemplar la cabeza cortada y el gesto de dolor que aún podemos ver en los ojos semicerrados. Me fijé en la sencillez en el tocado y vestido de la princesa, pero si nos detenemos en la fecha de su ejecución, la influencia renacentista se estaba consolidando.

 

He destacado estos tres cuadros del pintor holandés Jacob Cornelisz van Oostsanen, pero toda su obra nos muestra su dominio del arte, su poder de apreciación y su capacidad por reflejarlo en las telas. Para parte del público es un desconocido, pero en su tiempo fue un artista admirado, que gozaba de respeto y mucha fama. Van Oostsanen murió en 1533, sin saber que cuarenta años depués, en 1573, la iglesia del lugar donde nació, casas y algún molino, serían incendiados por soldados del país de aquella princesa, infanta de España, que un día pintó. Es el momento de recuperar el camino del arte y acercarnos a él.


 



 


 

 

martes, 1 de julio de 2014

La moda, el arte y el papel

 
 

 

 

Para el diseñador de ropa su obra es arte y en sus creaciones transmite el espíritu del tiempo, conviertiéndolo en una tendencia a la que llaman moda, un conjunto de prendas de vestir y accesorios que nos identifica y diferencia del resto. Lo que en un principio estaba destinado a proteger del frío y otras inclemencias del tiempo al hombre primitivo, fue adquiriendo formas y estilos, continuando su desarrollo determinado por los cambios culturales, económicos y políticos e imponiendo reglas que marcan una época o una clase social. Apenas hay conocimiento de lo que usaba el hombre en la prehistoria para cubrirse, ni tampoco el material empleado, pero con toda seguridad serían las pieles de los animales que cazaba para su alimentación. Se empieza a tener más detalles de la vestimenta a partir de la Edad Media. Se descubren otros materiales y nuevos métodos para su elaboración, pero es en el Renacimiento con una industria textil en auge, cuando se elaboran además ricas y lujosas prendas que quedan reservadas para los reyes, nobles y la burguesía adinerada. A partir de aquí se puede hablar ya de moda y calificarla de arte.

 

Decía Yves Saint Laurent, diseñador francés, que la moda no es arte, pero que era necesario un artista para crear moda. Sin embargo, su trabajo mostraba lo contrario. El diseñador, que poseía una extensa colección de pinturas y fue el primero en exponer sus modelos en un museo, trabajó con Dior y, más tarde, tuvo su propia casa de modas, con el lego YSL. Curiosamente, para algunas de sus creaciones se inspiró en la obra del pintor holandés Piet Mondriaan, conocido por sus pinturas de líneas negras y colores primarios, en la de Pablo Picasso y en la de Georges Braque. También otros pintores como Vincent van Gogh y Gustav Klimt sirvieron de inspiración a distintos diseñadores.

 
Isabelle de Borhgrave es una artista belga que también se ha inspirado en el arte pictórico para realizar su colección, que se expone hasta el 15 de junio en el museo de Breda. Maniquíes de tamaño natural que representan personajes de la dinastía Médici y su entorno, visten modelos de la época realizados en papel pintado y estampado a mano. La artista se ha basado en los cuadros de pintores del siglo XV hasta el XVIII. Sus creaciones dan muestra de un gran conocimiento del traje histórico, ya que no existen otros ejemplos para su reconstrucción en papel, que los que están pintados en los cuadros. El tratado del papel es un trabajo refinado, que precisa de una gran dedicación y conocimiento, con cuidado del detalle. Los resultados son verdaderamente asombrosos y no se diferencian del modelo original.

 





Los personajes parecen recobrar vida por el arte mágico del papel. Ropa, joyas, zapatos, todo en papel, realzan el poder y la riqueza de esta familia de banqueros que dio tres papas a la Iglesia, amantes de las artes y la arquitectura. Uno de los trajes que se exponen es el de Leonor Álvarez de Toledo. Estaba casada en 1539 con Cosimo I de Médici, duque de Florencia. Siempre me he sentido atraída por el retrato que hizo de ella y de su hijo Giovanni el pintor Agnolo Bronzino. El traje expuesto en el museo es una copia exacta del que está pintado en el retrato, precioso y regio vestido de satén blanco bordado y con adornos trenzados en terciopelo marrón y negro. Una redecilla de oro le cubre los cabellos y se adorna con dos collares de perlas, realizado todo en papel hasta los más mínimos detalles. Este maravilloso traje está relacionado con una historia muy singular, aunque hay dudas sobre ello. En unas excavaciones tres siglos después de su muerte, en 1857, se encontró el lugar de enterramiento de Leonor que había muerto bastante jóven al enfermar de malaria. Su cuerpo fue identificado por los restos del vestido hallado en la tumba y que correspondía exactamente al que muestra en el retrato de Bronzino. Además de Leonor y su marido Cosimo hay otros miembros de la familia y personajes importantes de su entorno, que vestidos con la elegancia de la corte de entonces muestran el poder y la riqueza de los Médici.

 

El taller de Isabelle de Borchgrave está en Elsene, cerca de Bruselas. El trabajo es el de una gran diseñadora. Nos ofrece acceso a su mundo de fantasía e imaginación que ella interpreta a través del papel de una manera delicada y elegante, atrayendo a todos los que estamos interesados en la historia y en el arte.

 
 

 

 


 

domingo, 8 de junio de 2014

El arte en imágenes

 


 

El arte en total no es una creación inútil de objetos que se deshacen en el vacío, sino una fuerza útil que sirve al desarrollo y a la sensibilización del alma humana.

Vasili Kandinsky, De lo espiritual en el arte.

 

Para mi propuesta de este mes he cambiado las tierras de Rubens en Vermeer por las de Pablo Picasso, Holanda por una Málaga que estos días de abril huele a incienso y a primavera y está llena de imágenes y de luz, bandas de música y cera derretida en las calles. Sin embargo, este bullicio inicial tiene también sus lugares de oasis donde encuentras otra luz y colores diferentes e igualmente imágenes que merecen una visita.

 

A unos 2500 kilómetros del Rijksmuseum de Amsterdam está la entrada al Centro Contemporáneo de Málaga. Las amplias salas de este edificio, del arquitecto Rafael Moneo, acogen las nuevas tendencias del arte desde la mitad del siglo XX. Estos días y hasta el 22 del próximo junio alberga en ellas la primera exposición en España del artista, pintor, escultor y diseñador, KAWS, Brian Donnelly, norteamericano y precursor del movimiento Arts & Toys. Son sólo seis grandes esculturas en madera tratada, de una altura aproximada de dos metros y una tonelada de peso. Estas figuras, que conocemos del mundo de los dibujos animados, como Mickey Mouse y Pinocho, tienen el toque personal del artista en los gestos y expresiones. La escultura principal, Final Days, se distingue de las demás con una altura de seis metros y un diámetro de más de tres, que con un peso de diez toneladas consigue un efecto imborrable. Tan enorme es esta escultura que ha dado problemas su instalación en el interior del museo. El traslado hasta el edificio se realizó en un trailer de 18 metros y en piezas, la cabeza pesa cinco toneladas, y se han añadido diez pilares en la planta baja para que el suelo de la sala no se venciera.

 

Fueron necesarios dos días para montar este juguete. En realidad es lo que ha hecho este artista, transformar esos juguetes infantiles en inmensas obras en madera o bronce. Según palabras del artista no importa que tengan treinta centímetros o que midan más de siete metros. Es divertido, dice KAWS, pensar que cuando trabajo en una pieza de gran formato en bronce o en madera se llame escultura, pero si hago la misma obra en pequeño tamaño y de plástico entonces se llama juguete. La verdad es que cuando visitamos la exposición nos sentimos pequeños, como niños, entre estas gigantescas figuras.

 

Cambio de lugar y de espacio, del arte contemporáneo en un edificio de los años 40 al arte africano en el barroco tardío del siglo XVIII del edificio del Palacio Episcopal. Junto a la catedral está este edificio, toda una manzana, que dedica las cinco salas de la planta baja a albergar una colección de arte africano de más de 150 piezas donadas a la diócesis malagueña por el matrimonio madrileño Alonso-Arellano. Agrupadas por temas nos muestran lo artístico y lo religioso de las diferentes culturas africanas, figuras de terracota, objetos de culto, hierro y bronce, música y danza. La exposición se completa con obras de artistas españoles contemporáneos como Luciano Díaz-Castilla, Magda Boluma, Oleaga, Carlos Cuenllar, entre otros, con clara influencia africana.

 

El Palacio tiene dos patios. El primero de ellos, en la parte pública del edificio, está rodeado de las cinco salas destinadas a la exposición y el segundo tiene el frente abierto con balcones a su alrededor en dos plantas, donde se encuentran las habitaciones privadas del prelado. En este patio podemos ver también una altísima palmera que con toda seguridad busca salir a la luz por encima de los tejados. Este pensamiento me hace desear salir de la ciudad, buscar el aire y la luz, los colores y por supuesto otras imágenes.

 

Estas imágenes las encontré en la Sierra de las Nieves, en plena serranía de Ronda, provincia de Málaga y llevan el nombre de Pinsapo, un abeto muy longevo que puede vivir hasta 400 años y alcanzar una altura de 30 metros. Para crecer necesita unas condiciones de humedad que la sierra puede ofrecerle. Con una altitud de 1900 metros aproximadamente hace que los vientos procedentes del mar descarguen su humedad en forma de lluvia y nieblas y lo mismo ocurre cuando durante el invierno está cubierta de nieve. Circunstancias ideales para estos bosques de abetos. Ahora hace calor, pero el trayecto hasta la cumbre se hace llevadero por la sombra que protege las sendas. Las únicas que buscan el sol son unas ágiles lagartijas a quienes les molesta nuestra presencia. Hay numerosas familias de pajarillos que no se dejan ver pero que anuncian con algarabía su presencia. Veo pozos, neveros, donde años atrás conservaban la nieve caída en el invierno hasta hacerse hielo, para después, en el verano, llevarla en bloques a los pueblos vecinos. Veo plantas de las que no conocía el nombre, otros árboles, el Quejigo, también centenario, encinas, alcornoques, y veo, al fondo, a un lado Ronda, pueblecitos blancos, y al otro lado el mar, tan lejos y al mismo tiempo cerca. Para mí también todo esto es arte.

 

jueves, 1 de mayo de 2014

La ruta de la seda



 

Esforzarse, buscar, encontrar y no ceder.

Alfred Tennyson

 

Me gustan los libros de viaje, con preferencia los viajes de exploración en los siglos XVIII y XIX, que describen las historias de intrépidos viajeros a tierras lejanas, peligrosas rutas y si son desconocidas, mejor. Me interesan los relatos personales, los diarios y notas del día a día con los detalles de los caminos y sendas, encuentros y demás aspectos de los lugares que recorren. Hay una extensa literatura que describe ese afán impulsivo que ha llevado a hombres y mujeres a dejar atrás casa y familia y a exponer sus vidas pasando toda clase de penalidades. Mis preferencias por este género nació en mis años escolares junto con el amor a la lectura y el descubrimiento de Julio Verne. Libros como Viaje al centro de la tierra, La vuelta al mundo en ochenta días y Veinte mil leguas de viaje submarino, entre otros, me abrieron las puertas a un mundo de viajes y aventuras fantásticas, en parte con cierto carácter romántico, en mundos conocidos y desconocidos. Más tarde descubrí la literatura dedicada a la Antártica y a las expediciones a los polos geográficos, con personajes tan nombrados como Roald Amundsen y Rober Falcon Scott y otros libros sobre las arriesgadas azañas de escaladores que persisten en subir a las cumbres de las montañas más altas a pesar de saber que el peligro estará siempre aguardándoles allá arriba. Para todo hay una ruta y para cada persona un destino.

 

Mi destino de hoy es el museo Hermitage en Amsterdam para seguir allí la ruta trazada por el museo que me llevará, al igual que a aquellas caravanas de siglos pasados, a recorrer zonas inhóspitas, a cruzar montañas, oasis fértiles, grandes ciudades y pueblos con nombres casi impronunciables y a visitar monasterios. Todo esto se hace posible gracias a la exposición que hasta septiembre estará abierta al público. La colección, tesoros del museo Hermitage en San Petersburgo, de unos 250 objetos, proviene de trece excavaciones efectuadas en diferentes lugares de la ruta de la seda, que se extendía desde China hasta el mar Mediterráneo y que expedicionarios rusos descubrieron en los siglos XIX y XX. La ruta era en realidad una red de caminos donde existía un intenso intercambio comercial, también de culturas, religiones e ideas. Miles de camellos, caballos y bueyes transportaban toda clase de mercancías, como cristal, oro, plata, cerámica, piedras preciosas, pieles, y por supuesto seda. De ella, la seda, recibió la ruta su nombre.

 
Fue casi a finales del siglo XIX cuando las expediciones de Inglaterra, Japón, Alemania y Rusia descubrieron las grandes ciudades, monasterios, grutas, que habían permanecido hasta entonces ocultas bajo tierra en toda la zona a lo largo de la ruta. Además de lo arquitectónico que estaba sepultado se han encontrado también esculturas, imágenes, joyas y pinturas de un gran valor artístico. Entre las pinturas murales se expone una de aproximadamente nueve metros de largo, que está considerada como la joya de la exposición, que representa a uno de sus dioses luchando con animales salvajes. Esta pintura de 1300 años de antigüedad, proviene del palacio real en Varakhsha, hoy día Uzbekistán. Es la primera vez que sale del museo en San Petersburgo, y podrá ser admirada durante seis meses en Amsterdam. Sin embargo, uno de los objetos que yo destacaría es un kaftán en seda, forrado de piel de ardilla, que con unos 1200 años de existencia parece haber salido recientemente de las manos de los tejedores. Por supuesto no está permitido fotografiarlo, tampoco el resto de lo que se encuentra en las salas, pero puedo apreciar aún la intensidad y brillo del tejido, su calidad y textura. Esta es una de las piezas que parece tener vida propia.

 






La exposición tiene en primer lugar un fuerte carácter arqueológico. Gracias a las excavaciones resurgieron ciudades perdidas con nombres tan exóticos como Xian, Lanzhou, llamada ciudad dorada, Dunhuang, Kashgar, un oasis con la mezquita más grande de China, Samarcanda, Patrimonio de la humanidad, y otras que, con nombre más familiar, se nos hacen mas cercanas como Ankara o Estambul, la antigua Constantinopla.

 

Muchos son los que han viajado por la ruta de la seda, pero el que más me ha fascinado con sus relatos sobre todo lo visto ha sido Marco Polo. En realidad, me ha faltado su presencia en esta exposición o por lo menos la constancia de su nombre unido a la ruta. Entre mis cuentos infantiles que conservo está una pequeña edición, algo manoseada, que cuenta la historia de un niño, Marco Polo, que acompañó a sus tíos a China cuando tenía 15 años de edad. Allí estuvieron 20 años. A su regreso, ya siendo un hombre, se encontró en medio de una guerra entre Génova y Venecia donde fue hecho prisionero. Durante su estancia en la cárcel dictó sus memorias a su compañero de celda, Rustichello de Pisa. Las aventuras que contaba parecían tener más de magia y de ficción que algo verdaderamente histórico, pero el libro se convirtió en un éxito a pesar de no existir aún la imprenta en Europa. Mi libro, una edición para niños, sencilla, pero que fue la llave que me descubrió, junto con Julio Verne, un mundo increible de aventuras posibles aunque no todo lo que contara fuera verdad.







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jueves, 20 de febrero de 2014

A ti

Rogelio de Egusquiza
 
 
 
 
Una palabra sola, desnuda, frágil, se desliza entre mis labios cincelando impredecibles deseos en la piel. Dirigida a ti que me ofreces tu espacio en un tiempo de íntimos ritmos, de búsqueda insaciable, extenso paisaje de profundidad azul. Un instante preciso, un momento creado y mi palabra, que silenciosa entre las tuyas, trata de encontrar su propio sonido, transparente y eterno, hasta descifrar el enigma de la voz.